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Edición 101 :: El flujo editorial II

Por Daniel Zúñiga-Rivera

La semana pasada hablamos del flujo editorial y el pentágono que representaba su equilibrio. Para quienes no recuerdan exactamente el artículo, este sería un breve resumen: se trata, pues, de cinco aspectos claves en el proceso de edición de un libro: la edición (que se ocupa del contenido), el diseño (que se ocupa de las artes visuales), la prensa (la impresión y producción), la distribución (colocación en librerías y otros puntos de venta) y finalmente la publicidad (el marketing y demás estrategias de difusión).

Antes de analizar con detenimiento cada uno de esos procesos y las etapas que estos conllevan, quisiera analizar otro aspecto del pentágono que dejamos fuera en el anterior artículo.

Ouroboros

Vuelvo a recurrir a nuestro pentágono editorial:Ahora, bien. Hablamos brevemente sobre los aspectos que están coloreados debajo de cada uno de los procesos del flujo editorial: el aspecto cultural, el arte, la producción, la logística y el marketing. ¿Pero qué significan exactamente estos ámbitos?

Hace unas semanas hablamos acerca del doble carácter del libro. Dijimos que el libro se caracterizaba, pues, por dos valores intrínsecos e inseparables: por un lado, un valor comercial que se asocia al libro como mercancía; y por otro, un valor simbólico que se asocia al libro como contenido. Si bien la edición necesita manipular ambas esferas para poder poner en circulación el libro (tanto el contenido como el material), debe para ello recurrir a disciplinas que hayan estudiado de manera completa el entorno en el que se tomarán las decisiones editoriales. Un primer principio dictaría, por ejemplo, que una editorial debería decidir qué títulos publicar durante un año basándose en un ideal de catálogo. Más adelante estudiaremos qué variables pueden incidir en esta decisión, qué tan comercial o qué tan cultural debe ser ese catálogo y cómo esas decisiones se toman entonces basándose en esas variables. Sin embargo, hay algo que excede incluso la política editorial: el entorno.

Y es que el libro no está aislado de un entorno cultural, político, económico, educativo y social. De hecho, el libro justamente adquiere valor simbólico por su capacidad de modificar (aunque no siempre sea sustancialmente) cualquiera de los entornos en los que es insertado. Así pues, podemos pasar a analizar las cinco disciplinas que enumeramos anteriormente con este concepto en mente: la edición se alimenta de otras disciplinas para tomar decisiones, pero a su vez alimenta a esas disciplinas a través de los contenidos que produce. Por ello el pentágono enmarca una figura continua, una especie de ouroboros donde el editor y el lector no vienen a ser sino las piezas de un sistema que, conjuntamente, puede concluir en una revolución social, un cambio de política, un hito de la historia.

Las disciplinas

Cultural: Involucra todos los aspectos que tienen que ver con la cultura de una sociedad. Desde los efectos que pueden tener los medios en una determinada población hasta la forma de creación que, como diría Bordieu no es individual jamás, sino que viene configurada por un habitus subrepticio. Es decir, nadie escapa a su tiempo. Todos creamos y escribimos y pensamos dentro de los márgenes que hemos aprendido del mundo, por mucho que queramos alejarnos hacia sus extremos. En ese sentido, la edición debe buscar colocar al libro en un aspecto cultural que le corresponda intrínsecamente, de manera que pueda luego dirigirlo a ese público objetivo y, lo más importante, que pueda tratar el contenido según los referentes que el propio texto demande.

Arte: Vanguardia, tradición, avant-garde, de una forma u otra, el diseño gráfico y las artes plásticas se han desarrollado a la par de la industria editorial, pero no por ello se han alejado. De hecho, en este siglo, pareciera haber una reconciliación entre la palabra escrita y la estética visual que ha llevado a muchos al extremo de considerar el libro una obra de arte per se, independientemente de su contenido. Prueba de ello son la innumerable cantidad de familias tipográficas, escuelas de diseño y propuestas estéticas de libros objeto que han surgido. Todo ello alimenta, desde luego, las posibilidades de un editor al momento de tomar decisiones estéticas respecto al libro como material, ya sean estas volcadas hacia el funcionalismo más simple o a la tendencia artística más innovadora.

Producción: Es innegable que la tecnología ha llevado de la mano a la edición. Conforme la tecnología ha permitido mejorar las expectativas de los editores en términos de calidad (llámese color, tipografía, velocidad de impresión, tiraje, formatos, fidelidad, etc.), la capacidad creativa de los diseñadores y editores ha podido ampliar sus márgenes hasta espacios que no podrían haberse soñado hace algunos años. No solo hablamos aquí de las máquinas de prensa y pre-prensa, sino, desde luego, de herramientas como el Internet y todas las pequeñas mejoras que esta conlleva (blogging, e-book, edición digital y multimedia, etc.). Es importante recordar (ya lo veremos en algún artículo) que la tecnología no solo cambia la producción, sino también a los receptores: conforme las formas de impresión han ido evolucionando, las formas de lectura han cambiado sustancialmente: desde la lectura oral al códice, luego al libro impreso, luego al libro digital. No es algo que debamos subestimar, sobre todo los editores de hoy: nuestros lectores ya no necesitan concentrarse en una página llena de letras, no cuando pueden leer, oír música, ver imágenes, dar click a hipervínculos e incluso chatear mientras leen un documento.

Logística: Diferentes mercados exigen diferentes estrategias de distribución. No es lo mismo colocar un libro de poesía underground que un best seller sobre vampiros adolescentes. Ni es lo mismo administrar un almacén de miles de títulos que un cuarto con los diez primeros títulos de una editorial. La logística ha permitido a las editoriales encontrar algunas soluciones a los altísimos costos de las distribuidoras, así como a los terribles problemas que suponían hacerse espacios dignos en las librerías. Finalmente, existe solo una góndola principal. Otro aspecto a tomar en cuenta es la importancia de minimizar costos: hace algunos años, los estadounidenses se vangloriaban de sus enormes almacenes. Era, digamos, sinónimo de poder: un almacén gigantesco significaba una empresa de igual envergadura. Luego Japón revolucionaría ese concepto con las cadenas de producción inteligente: ¿para qué necesitas un almacen cuando todo puede entrar y salir en perfecta coordinación? En el Perú ese ideal es distante, pero creo firmemente que conforme la industria crezca, las posibilidades de disminuir los costos de almacenamiento se harán cada vez más reales. Un costo, que, dicho sea de paso, no siempre se considera al momento de calcular el costo total de un libro. Sin duda, uno de los aspectos más débiles del pentágono en la industria nacional.

Marketing: Una vez un profesor mío dijo: "el libro no soporta el costo de la publicidad". Parte cierto. Desde una perspectiva tradicional, eso es real: salvo aquellos libros que se producen por millones y que han venidido de antemano la mitad de su tiraje (no se crean, eso fue con un poquito de envidia), la publicidad masiva no es una fórmula demasiado eficiente para un libro, a menos que queramos duplicar su precio. Felizmente han aparecido para los editores formas alternativas que el marketing ha ido descubriendo en otras industrias: desde el viral marketing, el marketing digital o incluso el marketing de contenidos en blogs y otro tipo de herramientas de redes sociales.

Una pequeña conclusión

Dicen que un editor debe ser capaz de manejar cualquier contenido. No porque lo conozca de antemano, desde luego (no somos enciclopedias andantes), sino porque debe ser capaz de organizar contenidos como si se tratara del exoesqueleto de una obra y saber dónde buscar. Pero también en su propia disciplina existe una necesidad imperiosa de mantenerse al tanto sobre lo que ocurre alrededor, investigar las posibilidades, los recursos, todas aquellas armas que desarrollan las disciplinas vecinas y que permiten tomar ligeras ventajas a un mundo difícil y una industria bastante inusual.

Es mi intención, y lo digo desde ya, entrar en detalle con algunas estrategias para cada uno de los aspectos que hemos visto hoy. Pero ya será eso en un futuro no muy lejano, cuando hayamos planteado algunas bases más sólidas respecto al proceso productivo. Hasta entonces, los dejo reflexionar acerca de esto y espero sus comentarios, como siempre.

Salud con todos y buenas noches.

Autoeditado :: Situedición

Por Daniel Zúñiga-Rivera

Hoy ha sido un día largo. Tras una sesión de selección de fotos para el libro de uno de los autores de la editorial, me encuentro de nuevo en casa, con un documento abierto que espera mi corrección, un artículo que espera por ser redactado y este espacio, en el que desde luego, pretendo hablar sobre lo que significa vivir esta profesión.

Mi hermano, quien está a punto de terminar su carrera de arquitectura, me obsequió hoy el tema de este artículo. Me mostró un libro que había sacado de la biblioteca, en el cual se incluía un apartado sobre la edición de libros. El libro era, claro, de arquitectura, pero hablaba del diseño en general como una forma de organización espacial. Lamento no poder darles un título, pues me quitaron el libro antes de poder anotar los datos, pero prometo averiguarlo para la próxima. Más allá de lo que el libro en particular me dejó, pensé que sería interesante pensar ese concepto híbrido de la arquitectura, que plantea los cimientos de su disciplina como una fusión entre la funcionalidad y la forma (fundamento que por cierto se aplica también al diseño gráfico y, por extensión, a la edición de libros). Y la pregnuta es, ¿hay verdaderamente forma de asumir la edición de esa manera?

El situacionismo francés

Momento de una breve historia. Corría el año 1957 cuando un grupo socialista francés fundó lo que sería conocido como la Situacionista Internacional. Se trataba de un grupo de intelectuales y artistas que, basados en las creencias marxistas, habían adoptado una búsqueda de situaciones de vida alternativas a las que implantaba el régimen capitalista. Para ello, estos pensadores planteaban la creación de situaciones: situaciones en que el ser humano pudiera satisfacer sus deseos primales y sus necesidades de dicha, las cuales eran subyugadas por la búsqueda incesante de producción que proponía el capitalismo imperante.

Dejando la historia y a Marx y sus enemigos de lado, me interesaba rescatar particularmente una idea de estos señores franceses (que por cierto tuvieron una participación sumamente importante en los eventos de mayo del 68): la situación. Los situacionistas definían así el concepto central de su filosofía: Un momento de vida concreta y deliberadamente construido por la organización colectiva de un ambiente unitario y de un juego de acontecimientos. ¿Suena familiar? Un concepto clave que puede adaptarse a cualquier construcción endocéntrica: el núcleo irreemplazable es el deseo de la persona. Y el ambiente creado, el espacio ideal para que se dé la magia de la situación.

El libro, la situación

Ni más ni menos, el concepto del libro perfecto. Sabemos que el acercamiento entre un libro y su lector se produce en un espacio que no podemos controlar. Un editor no tiene manera de saber dónde o en qué situación será abierto un libro. Puede, por cierto, predecir ciertos comportamientos. De ahí que un libro infantil posea un material más resistente, porque puede preverse que el niño será menos cuidadoso con él, o que un libro de bolsillo esté diseñado para ser fácilmente trasladado, o que un libro de mesa sea más sencillo de visualizar completamente abierto que centrando la atención en una única página. Sin embargo, fuera de esas categorías casi primarias, el verdadero espacio de acercamiento le resulta al editor incognoscible.

Este dilema no ha sido, sin embargo, nunca objeto de demasiado cuestionamiento. Podríamos preguntarnos por qué, pero eso nos alejaría del tema. Podemos pensar por lo pronto, que existe una cierta verticalidad inevitable para con los lectores. Un autor crea un texto lineal que no está fabricado para esperar respuestas al autor. Del mismo modo, un editor crea un objeto que no admite la interacción con su usuario más que en la decisión de cómo pasar las páginas y cómo abordar la lectura. Y sin embargo, aun cuando se trate de un libro de consultas o un texto científico, la lectura probablemente planteará un orden prediseñado y pensado para y no por el lector.

¿Es esto algo que se debe aceptar como un axioma comunicativo de la edición? Quizás hoy en día se plantean posibilidades mucho más enriquecedoras con la aparición de la lectura digital y la figura del hipervínculo. Pero, ¿y con el libro en papel? ¿Existe forma de abordar una lectura fragmentaria, moldeable, interactiva?

Creo que, en ese sentido, hay ya experimentos dando resultados sumamente interesantes. Es cierto que el boom de editoriales en el Perú ha explorado muchísimo más los medios tradicionales de edición, y es cierto también que el afán editorial se ha volcado mucho más al desarrollo autoral que al mejoramiento de la actividad como forma de diseño per sé, pero creo también que ello desemboca irremediablemente en la evolución del libro. Hoy en día, creo que no es descabellado plantear (al menos yo quiero hacerlo) la idea de la edición no como un diseño que se repite a lo largo de un catálogo, sino como la construcción de una situación ideal para una obra determinada y el perfil de lector que esa obra llamará con mayor probabilidad.

Y esa forma de edición, tan relativa, personal y compleja, me parece un salto cualitativo enorme que puede darse desde y hacia un futuro que muchos editores llegaremos a ver. En ese sentido, considero las situaciones mucho más importantes que la lectura. Siempre se ha tratado de anular ese acercamiento estético: un editor tradicional jamás admitiría una imagen distractiva donde el texto debería primar.

Y sin embargo, ¿no ha cambiado también el lector moderno? ¿No leemos hoy en día mientras oímos música, vemos imágenes, conversamos en una ventana de chat y escribimos un correo electrónico?

El juego

Todo empieza como un juego. Ese es un precepto importantísimo para el situacionismo: un juego en el que podemos experimentar y predecir lo que ocurrirá cuando el espacio elegido quede en manos del usuario. Y ese es el experimento que actualmente busco desarrollar en la editorial, el sueño que me quita noches completas.

Desde luego, la idea puede resultar abstracta por momentos, llena de grandes vacíos. Pero ahí, probablemente, se encuentra la belleza de esa posibilidad: explorar una situación que minutos antes no hubiera esperado vivir.

Jugar con una obra no es, finalmente, sino una nueva manera de abordar la lectura, el arte, el mundo. Y es que, como decía una vieja divisa situacionista, debemos ser realistas exigiendo lo imposible.

Edición 101: El doble carácter del libro

Por Daniel Zúñiga-Rivera

La semana pasada hablamos sobre la labor del editor. Dijimos que, en resumidas cuentas, un editor era un profesional que mediaba entre una serie de insumos (de los cuales el principal es un manuscrito creado por un autor) y su forma final: un material editorial, de los cuales el más popular es el libro.

Ahora bien, hoy continuaremos la misma línea de pensamiento con una pregunta bastante básica: si un editor hace libros y ya sabemos lo que es un editor... ¿qué es entonces un libro?

La dualidad

Cuando pensamos en el libro, tenemos que pensar en dos elementos que parecen irreconciliables a simple vista, pero que, en realidad, no son sino parte de lo mismo, dos caras de la misma moneda. Una sola advertencia antes de seguir: debemos pensar en el libro como un aspecto general, no el libro de literatura o el académico o el de fotografía, sino todos estos como una única entidad abstracta. Ahora bien, decía que el libro se caracteriza por una dualidad intrínseca. Es algo así: el libro es un objeto que puede ser material o virtual, que es capaz de ser comercializado, pero que se define por su valor conceptual o simbólico y no por su valor material.

Ahora, esta definición puede resultar un poco compleja a simple vista. Podemos descomponerla en algunos aspectos. En primer lugar, el libro como objeto material o virtual (no debemos dejar de lado a los e-books, aunque ya sobre eso seguramente habrá que tratar más adelante), ya que se trata de construir un objeto. En segundo lugar, su capacidad de comercialización y su valor material: es decir, el libro como una suma de insumos y valores agregados que crean un producto nuevo que es lo que finalmente se comercializa. Y en tercer lugar, y como factor más importante, su carácter conceptual o simbólico, que es el que verdaderamente lo caracteriza como libro. ¿Por qué? Porque un libro se define por su contenido, no por la suma de insumos. No basta con juntar tinta, papel, cola y algunas cosas más para crear un libro, sino que se trata de qué es lo que dice ese libro en particular.

Este concepto parece sumamente evidente a simple vista, pero su trascendencia en el trabajo editorial es extremadamente complejo cuando se le toma como un principio desde el cual parte el análisis. Por ejemplo, en el caso de la literatura, ¿no es innegable que hay obras que valen realmente muchísimo? Y sin embargo, el valor de un libro no equivale necesariamente a ese contenido: La metamorfosis de Kafka no es un libro por el que pagaríamos mucho a menos que se tratase de una edición muy especial, y en ese caso estaríamos pagando justamente los valores agregados materiales, no conceptuales. A diferencia de una pintura o una escultura, la mayoría de los libros son de producción industrial. Sin embargo, tampoco es el valor industrial lo que define al libro, pues no hay manera de valorizar el contenido de la obra solo en términos industriales.

Esta paradoja desemboca directamente en el gran dilema editorial: el doble carácter del libro. Un objeto de doble cara cuyos aspectos pueden determinar la existencia o no de una editorial, así como sus objetivos empresariales y, finalmente, la tendencia general de la industria, hecho que radica finalmente en lo que los lectores encontrarán en las reseñas de los diarios, las góndolas de las librerías y, desde luego, en la biblioteca de su propia casa.

El doble carácter

Pero veámoslo ahora desde la perspectiva editorial. Entonces. Tenemos por un lado que el libro es un objeto comercial, una mercancía. Sabemos, pues, que el libro es un objeto que se comercializa y puede satisfacer o no ciertas expectativas de retorno económico, en tanto puede o no generar un valor sobre el capital que se invirtió para su fabricación.

Por otro lado, es un valor cultural que posee significación únicamente en su contenido, ya que su valor intrínseco posee la capacidad de cobrar valor a nivel social, cultural o político. Y ese valor, que posee una dimensión plenamente simbólica (su costo no puede ser cuantificado como el resto de insumos comerciales), puede o no afectar las expectativas de retorno económico, pero es capaz de incluso superarlas.

Pero entonces... ¿Cuál de ambas esferas es la más apropiada para definir el valor de un libro? ¿Puede una gran novela de pocas páginas valer más que un libro comercial de lomo ancho? ¿Puede una edición de lujo sobre fotos de famosos costar más que una novela capaz de cambiar el curso de la historia? La respuesta más probable a preguntas como estas, al menos en mi opinión, será siempre el ambiguo y conciliador "sí y no". Definitivamente el valor del libro como forma simbólica puede trascender en gran extensión a su valor mercantil. Por otro lado, un libro objeto de un libro que contenga un texto insignificante, puede ser también una adquisición valiosa.

Desde el punto de vista del lector, el dilema se resuelve de manera muy simple: si el consumidor es siempre racional y si existe una demanda para un determinado bien, ¿no es finalmente el comprador quien decidirá si es justo el precio de un libro? Mientras haya alguien dispuesto a pagarlo, creo que la existencia de un libro es intachable, sin importar qué tan "bueno" o "malo" nos resulte a nosotros. En ese sentido, ni los editores ni los críticos tienen mucho derecho a decidir sobre lo que "puede" o "debe" leer el público.

Sin embargo, nos preocupa un asunto un poco más complejo: cómo resolver la paradoja desde el punto de vista del editor. ¿Cómo le damos valor a un libro? ¿De acuerdo al mercado? ¿De acuerdo a una suma de insumos y procesos industriales? ¿De acuerdo al contenido? Y en todo caso, ¿a qué se le debe poner más valor? ¿Qué clase de libro debería editar? ¿Qué libro me puede hacer un buen editor?

El doble editor

Un editor debe, desde luego, manejar ambas esferas. Su profesión así lo exige, pues está directamente relacionada con ambas. El editor, finalmente, pone en circulación ambas cosas al momento de lanzar un libro al mercado: un material mercantil, un contenido dentro de ese material.

Sin embargo, la medida justa para que ambas caras coexistan y optimicen el valor de un libro es ambigua, relativa y única. Cada editor debe, según su propio catálogo y criterio editorial, encontrar esa medida, ese punto de equilibrio entre un factor y otro. Un editor debería lograr que ambos sistemas de valor, los dos aspectos que generan ese doble carácter del libro, coincidan de manera coherente para lograr el objetivo editorial: aquel que se ha planteado al inicio de un proyecto.

No debemos olvidar que un editor es, antes que nada, un organizador. Y por ello mismo debe ser capaz de comprender a cabalidad los materiales que tiene en sus manos mucho antes de que el libro exista como producto final. En ese sentido, el editor debe manejar dos habilidades sumamente importantes: la manipulación, es decir, la capacidad de transformar la propiedad intelectual intangible en un activo que posea la proiedad de generar valor económico, y la valorización, la capacidad de discernir las mejores opciones para los recursos que se tienen y crear con ello un bien optimizado.

Pero... ¿y la editorial?

Desde luego, hay una diferencia muy grande entre un editor y una editorial. La próxima semana analizaremos con más detenimiento las formas en que un editor puede optar por valorizar uno u otro aspecto del libro, así como las implicancias que ello tiene en la editorial. Por ahora eso es eso para esta semana.

No olviden mirar algo nuevo en las librerías: comparar precios siempre nos dice algo sobre el criterio de algunas editoriales al momento de tomar decisiones económicas, y nunca es mal ejercicio analizar los posibles escenarios de ellas.

¡Salud con todos!

Edición 101: La figura del editor

por Daniel Zúñiga-Rivera

Una autodefinición


La historia comienza así: hace ya unos años, estaba sentado en un bar, tomando un whisky. Era el año 2005, y estaba en la mitad de mi carrera de Edición en Argentina. No recuerdo qué hacía en ese bar particularmente (vale decir que lo visitaba seguido, así que supongo que no era nada raro) y, para ser justos con la verdad, estaba tratando de escribir algo, más que de pensar en libros. Agarré una servilleta y empecé a garabatear como siempre que las ideas se me hacen demasiado dispersas.

Lo que surgió fue más o menos lo que es hoy mi vida. Pensé en qué pasaría conmigo una vez que terminara mi carrera y volviera a mi país (si acaso volvía). Me vinieron muchas imágenes a la mente, pero una se quedó. Ya como escritor había encontrado un rumbo, trabajaba en ese entonces en Rigor mortis y mi idea era clarísima al respecto: comenzaba a explorar los aspectos de la voz, la capacidad de dársela a quienes no la tenían. Y supe, inmediatamente, que eso era exactamente lo que esperaba de mi vida como editor.

Volveré a esa historia luego. Pero hay algo que rescato para comenzar, y que me parece el más grande acierto que he tenido en mi vida profesional (probablemente se lo debo más al whisky que a mí, pero qué diablos): el haber empezado por autodefinirme. Así pues, no puedo menos que empezar esta serie de artículos de esa manera.

¿Qué es un editor?

Y la pregunta entonces es… ¿qué es un editor? Y desde luego, la respuesta es relativamente incierta. Definitivamente, es una figura que ha ido mutando a lo largo de la historia. También es verdad que es un personaje cuyo trabajo ha oscilado entre el polo productivo (ya que en un inicio el editor y el imprentero eran la misma cosa) y el intangible. Pero creo que podemos decir que, a grandes rasgos, los editores siempre se han caracterizado por una cosa: ser los intermediarios entre un material original y un producto editorial que se convierte en su forma final (no diré “libro” porque creo que el editor lleva a cabo este proceso en muchos otros soportes y productos, pero ya entraremos a ese tema con detalle luego).

Eso rompe el viejo cliché de que los escritores hacen libros. En la edición decimos que los escritores hacen textos. Un término bastante más preciso: existe una larga cadena para la fabricación de un libro, y el escritor es únicamente el primer eslabón en esa cadena. Así pues, ¿qué otros actores participan en este proceso? ¿Y cuál es el rol del editor en él? Bien, el fin de esta serie de artículos será explorar este proceso paso por paso, analizar detenidamente los actores que participan en él y trabajar los temas que surjan de este estudio, siempre con la vista puesta en esta figura trascendental que es la del editor, la piedra angular de un flujo que de otra manera no tendría una organización general que la orientara en dirección a sus objetivos.

Y es que el editor no es solo el sujeto que corrige los textos del autor. No es, mucho menos, el encargado de decidir si una obra merece o no existir como libro. Tampoco es el encargado de crear el libro como objeto, o de producirlo como producto industrial, o de colocarlo en las librerías. Quizás en el fondo hace un poco de todo eso, pero no es eso.

Creo que la forma más fácil de entender la figura del editor es verlo como un especialista en organizar contenidos y procesos. Es una persona que sabe o puede descifrar la ruta óptima que debe seguir tal o cual obra para ser “exitosa”. Y hago grandes comillas a esa palabra porque también es el editor quien intenta dilucidar qué significa ese “éxito”. No todas las obras, definitivamente, nacen para ser best-sellers. Pero sí nacen para que un público objetivo, un lector determinado, pueda acceder a ella y la obra genere en ese lector un efecto que deseamos. El éxito entonces, no siempre se puede medir en términos económicos, y esa es una de las grandes paradojas del editor: es una figura muchas veces silenciosa, cuyos éxitos no son perceptibles por los demás y que, sin embargo, han calado hondo en la vida de una sociedad.

El editor en el siglo XXI

Ahora, bien, decíamos que los editores no se limitan a la producción de libros. Hoy en día existen una serie de soportes y procesos que requieren de un editor para que su flujo sea exitoso: los soportes digitales (las páginas web, los blogs, los e-books, etc.), los materiales no-literarios (la folletería institucional de las empresas, los textos jurídicos, etc.) e incluso las publicaciones periódicas (diarios, revistas, boletines, etc.).

En ese sentido, el rol del editor se ha ido transformando con los años a la par de la tecnología: no debemos olvidar que la profesión tuvo cambios sustanciales conforme se fueron dando nuevos avances en términos industriales. La aparición del códice, la creación de los tipos móviles, la lectura en pantalla… Todos han sido momentos críticos de la historia que se caracterizaron por fuertes cambios económicos, sociales y políticos, y dentro de los cuales la figura del editor mutó para adaptarse a estas nuevas realidades. Pero a la par, el editor fue también generador de estos cambios, pues sin él la adaptación de la sociedad a los nuevos medios hubiese sido imposible.

Próximamente…

Ya sobre estos cambios y la evolución histórica del editor entraremos en detalle más adelante. Acompáñenme la próxima semana para un primer vistazo al concepto del libro desde una perspectiva editorial. Y mientras tanto, diviértanse editando, escribiendo, leyendo... y tomando whisky.

Antes de despedirme, quiero hacer una dedicatoria muy especial a una persona que fue el pilar principal de la creación de Arkabas, pero que fue, sobre todo lo demás, una amiga extraordinaria. Le debo la vida que tengo hoy, la profesión que amo con locura y la sensación tan linda de haberme hecho sentir en casa en los momentos duros. Va por ti, Mabe. Ojalá estés orgullosa. Disculpa la descortesía, pero es que se te extraña tanto.

Punto aparte, nos vemos la próxima semana. No dejen de revisar las otras columnas del blog. ¡Salud con todos!

 

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