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Dentro del vientre de algún lobo :: El álbum infantil ilustrado








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Por Gabriela Ibáñez


Michel Houellebecq sostuvo durante una conferencia que los libros que nos marcan son los que leemos a los cinco o seis años, momentos preconscientes en los que determinados arquetipos se nos graban. Quizá de ahí venga mi obsesión por los cuentos ilustrados: recuerdo los enormes cuentos clásicos de tapa dura, “El principito” o el revolucionario álbum “Donde habitan los monstruos”, que en aquellos tiempos sólo podía leer en una versión en inglés, todos ellos despertaron mi amor por los libros en cuanto objeto.

En aquella edad empezamos a leer y a dar nuestros primeros pasos hacia los libros. Es en este momento en que el álbum ilustrado suele tener un rol muy importante, pues a través de relatos cortos pero fascinantes, e ilustraciones llenas de formas, colores y sensaciones, nos iniciamos en el universo simbólico del arte.

Los álbumes ilustrados no sólo nos invitan a leer de una manera más dinámica y divertida, sino que nos enseñan a contemplar, a imaginar, a releer y a valorar el libro como objeto de arte. Esto ha llevado a ilustradores, escritores, diseñadores y editores a explorar su gran potencial expresivo a través de las diferentes técnicas.Por ello, se está convirtiendo en el medio experimental por excelencia de la literatura.

En esta clase de libros, texto e imagen no sólo se acompañan, sino que se complementan para componer un relato integral, invitando al lector a crear una nueva interpretación más allá de lo narrado. Precisamente, la dimensión simbólica que comentamos al principio se logra gracias al diálogo divergente entre el texto y la imagen.

Normalmente solemos asociar el álbum ilustrado a un público infantil. Debo confesar que disfruto más de ellos ahora que soy adulta (siempre llevo uno grande en la maletera de mi auto y uno pequeño en mi bolso). La sensación que me produce leer un buen poema es la misma que siento cuando abro un álbum. Quizá porque en ambos hay un nexo inseparable entre la palabra y la imagen, dando paso a la metáfora y, finalmente, a la chispa poética. A pesar que la imagen sea sumamente simple como una pincelada de acuarela, una página en blanco connotando un silencio o un conjunto de formas geométricas. Cómo no recordar que cuando era adolescente me encontré con “Flicts”, gran libro de Ziraldo, que cuenta como un color muy raro y triste busca su lugar en el mundo sin encontrarlo.

El álbum infantil ilustrado es un género que casi no se ha desarrollado en nuestro país, pero sin duda nos podemos encontrar con algunos ejemplares en las diferentes librerías de nuestra ciudad. Sin embargo, la mayoría de los autores a los que pertenecen son extranjeros, al igual que los sellos editoriales. Aunque me atrevería a afirmar que este género viene en alza y espero, que como el cine peruano, vaya creciendo de a pocos o de un solo golpe de suerte.

Dentro del vientre de algún lobo :: El bosque y el retorno a casa

Por Gabriela Ibáñez

Los cuentos infantiles recurren una y otra vez a la imagen del bosque como lugar de iniciación. Para los protagonistas de los cuentos como Caperucita, Pulgarcito o Hansel y Gretel el hogar no basta. Ellos desean salir a “correr mundo”, ver qué hay más allá del calor adormecedor del hogar, lejos de los padres.

“Correr mundo” significa correr riesgos, asumir la posibilidad de perder el camino de vuelta casa. En este sentido, el bosque y la casa funcionan como símbolos opuestos pero complementarios para la formación de la identidad del niño. Como bien dice Fernando Savater en “El paisaje de los cuentos”, quien no ha estado alguna vez perdido, completa y atrozmente perdido, vivirá en su casa como un mueble más y ni sospechará lo que de hazaña y conquista tiene el sosegado edificio de la cotidianidad. Pero el niño lo adivina y es por amor a la casa que algún día será suya, por fe en el hombre que el destino le hará ser, por lo que cierto día abandona silenciosamente el hogar de sus padres al despuntar el alba, con un hatillo en el hombro, para partir hacia el horizonte distante y el miedo aún desconocido.

Peligroso, sombrío, cerrado, secreto, misterioso, lejano son algunas de las imágenes que evoca la palabra "bosque". En la Antigüedad y en varias culturas, muchos de ellos estaban consagrados a ciertas divinidades y se los consideraba su morada, por lo que se les trataba como espacios sagrados. En los cuentos y leyendas, se cree que es un lugar habitado por seres fascinantes y, muchas veces, peligrosos, como por ejemplo: las hadas, los enanos, los lobos, las brujas, los ogros, los dragones, etc. Este espacio simboliza lo desconocido, lo salvaje, la naturaleza indómita que se opone a la seguridad que proporciona el hogar. Generalmente en la psicología, el bosque es la representación del inconsciente. Ambos son lugares oscuros y misteriosos que aluden a lo desconocido, a lo que yace latente en la profundidad, y por tanto despierta fobias y temores.

Pero para que el héroe del cuento cumpla su “rito de iniciación” y logre alcanzar su madurez, debe enfrentar sus miedos. Es justamente en el bosque donde se probará a sí mismo sus cualidades, a través de las distintas aventuras, y donde se forjará como un ser independiente. Da lo mismo si se encuentra camino a la casa de la abuela o en búsqueda de un tesoro resguardado por un dragón o gigante. Lo que importa es que haya iniciado la aventura, que aprenda a enfrentar las adversidades y encuentre la forma de volver. La lección de los cuentos es clara: no basta con ser heredero, sólo quien se esfuerza será merecedor de tener una casa. Ya en el bosque conoció el miedo y la nostalgia, sentimientos indispensables para saber habitar y valorar el hogar.

Dentro del vientre de algún lobo :: Gramática de la fantasía: el poder liberador de la palabra

Por Gabriela Ibáñez


Gianni Rodari fue escritor, periodista, profesor y militante político, pero todas sus actividades parecieron ir siempre en busca de un mismo fin: el de abrir un espacio para la imaginación y la creación, y la de defender a los niños como creadores activos con capacidad para transformar el mundo, el cual muchas veces se les presenta como impositivo e incoherente.

Rodari creció bajo el fascismo, se educó en una escuela tradicional donde como él confiesa le enseñaron la lengua del dictado, es decir, la lengua para decir siempre sí, la lengua de la adaptación al mundo como es y a la autoridad. Quizá esta fue la principal razón que lo llevó a luchar por una renovación de los contenidos de la literatura infantil y de los planteamientos pedagógicos autoritarios en los que se basaba. Para realizar está difícil labor, Rodari sabía que debía acercarse a la cultura del niño. Es por ello que decidió recorrer las escuelas de Italia, libreta en mano, tratando de desentrañar el lenguaje infantil.

Rodari consideraba que era importante partir de la lengua porque ésta configuraba la realidad: La lengua (...) no es una materia separada de las demás que tenga límites bien precisos: aquí está la lengua y aquí está la geografía (...) Sin lengua no hay geografía, sin lengua no hay ciencia, sin la lengua no existe ninguna de aquellas que nosotros distinguimos, clasificamos y llamamos materias. La lengua es el aire en el cual viven estas así llamadas materias. No puedo hacer historia sin la lengua, no puedo hacer filosofía sin la lengua, no puedo hacer política sin la lengua, no puedo vivir sin la lengua. Nosotros estamos dentro de la lengua como el pez está dentro del agua, no como un nadador. El nadador puede tirarse un clavado y salir, pero el pez no, el pez tiene que estar adentro.

Además confiaba en el poder de la lengua para transformar el mundo cuando ésta lograba alcanzar su autonomía. Ayudar a los niños a construirse sobre aquella lengua libre y completa, era su principal objetivo. Y qué mejor manera de liberar al lenguaje de sus ataduras que a través de la creación literaria.

Con estas convicciones, Gianni Rodari regresó de su revelador viaje, en donde experimentó contando historias a los niños y creándolas con ellos. Gramática de la Fantasía, libro publicado en 1973, será el fruto de esta experiencia. Una propuesta concreta para que tanto chicos como grandes puedan elaborar sus propias historias. En palabras de su autor, es una obra para quien cree en la necesidad de que la imaginación ocupe su lugar en el ámbito educativo; para quien confía en la creatividad infantil; para quien conoce el sentido liberador que puede llegar a tener la palabra.

Rodari plantea a partir de pequeñas y sencillas operaciones gramaticales, como el “binomio fantástico”, liberar a las palabras de las cadenas verbales a las que normalmente están atadas para darles un nuevo sentido. El travieso escritor italiano nos propone que utilicemos las palabras como juguetes, que juguemos con ellas hasta que logremos crear nuevas historias, pues considera que sólo a través de ellas y de los procedimientos fantásticos que las producen se puede ayudar a los niños a entrar a la realidad de una manera más agradable y divertida, y por tanto, más útil.

Gramática de la Fantasía es un libro que se ha convertido en un clásico y que recomiendo, especialmente, a todos aquellos que enseñan a niños y aspiran a algo más que a dictar una materia, sino que buscan ser, como dice Rodari, “pedagogos de la imaginación”. Para acercarnos a su pensamiento cito a continuación unos extractos. Hasta la próxima.

"La fantasía no está en oposición a la realidad, es un instrumento para conocer la realidad, es un instrumento que hay que dominar. La imaginación sirve para hacer hipótesis y también el científico necesita hacer hipótesis, también el matemático lo necesita y hace demostraciones por absurdo. La fantasía sirve para explorar la realidad, por ejemplo para explorar el lenguaje, para explorar todas las posibilidades para ver qué resulta cuando se oponen las palabras entre sí."

“Una palabra, lanzada al azar en la mente, produce ondas superficiales y profundas, provoca una serie infinita de reacciones en cadena, implicando en su caída sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños, en un movimiento que afecta a la experiencia y a la memoria, a la fantasía y al inconsciente, complicándolo el hecho de que la misma mente no asiste pasiva a la representación, sino que interviene continuamente para aceptar y rechazar, ligar y censurar, construir y destruir."

"Una manera de hacer productivas las palabras, en sentido fantástico, es deformándolas. Lo hacen los niños para divertirse: es un juego que tiene un contenido muy serio porque les ayuda a explorar las posibilidades de las palabras, a dominarlas, forzándolas a declinaciones inéditas; estimula su libertad de ‘hablantes’, con derecho a su personal parole (¡gracias, señor Saussure!); anima en ellos el anticonformismo."

“Todos los usos de la palabra para todos, me parece un buen lema, con un bello sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo.”

Dentro del vientre de algún lobo :: La fatídica llave de la literatura infantil

Por Gabriela Ibáñez

Al igual que la “Caperucita Roja”, son muchas las versiones que existen sobre “Barba Azul”. Este cuento, perteneciente a la tradición oral europea, fue recopilado y adaptado por Charles Perrault en 1697. Perrault cuenta que Barba Azul, hombre de abundantes riquezas, un día visitó a una vecina suya, una dama distinguida que tenía dos hermosas hijas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabía qué había pasado con esas mujeres. Finalmente, la hermana menor empezó a encontrar que el dueño del castillo ya no tenía la barba tan azul y aceptó casarse con él.

Al poco tiempo Barba Azul partió de viaje y entregó todas las llaves del castillo a su nueva esposa, incluida la llavecita de una pequeña habitación a la que le había prohibido entrar. Casi inmediatamente la esposa sintió una gran curiosidad de ver qué había en la habitación prohibida. Cuando la abrió vio el piso lleno de sangre y los cadáveres de las anteriores esposas de su marido. Aterrorizada, cerró la puerta pero un rastro de sangre se quedó en la llave. Barba Azul regresó de improviso e inmediatamente se dio cuenta de lo que su mujer había hecho. Lleno de ira, amenazó con decapitarla en aquel mismo momento. Mientras Barba Azul, espada en mano, trataba de abrir la puerta, los hermanos irrumpieron en el castillo y lo mataron.

El argumento de esta novela no nos remonta a un cuento de hadas, sino más bien, como menciona Marcela Carranza, a un relato de Edgar Allan Poe o a cualquier relato realista acerca de las andanzas de un asesino en serie. Cabe señalar, que el personaje de Barba Azul está basado en Gilles de Rais, mariscal de Francia y guerrero junto a Juana de Arco, que llevó una vida oculta: la de asesino en serie de niños que torturaba y encerraba en su castillo.

¿Cómo un cuento como “Barba Azul” puede formar parte del canon de lo que hoy llamamos literatura infantil? En primero lugar, recordemos que antes del S. XIX el concepto de niñez como lo entendemos hoy en día no existía. Antiguamente, el niño era percibido como un “adulto pequeño”. Con la modernidad se instalan una serie de cambios ideológicos que ubican al niño como objeto de cuidado y protección, lo que por un lado contribuyó a que se facilitara su desarrollo y obtuviera ciertos derechos, pero por otro ocasionó que se subestimaran algunas de sus capacidades. Desde entonces se empezaron a elaborar y reelaborar una serie de textos y relatos orales dirigidos a la niñez, donde predominaba el contenido educativo y moral (claro está que contamos con grandes excepciones). Pues, el principal objetivo de la literatura para niños era formar a este ser en estado larvatorio para que posteriormente se pueda adaptar a la sociedad, y a las leyes que la rigen, adecuadamente.

Regresando a nuestra pregunta inicial, debemos recordar que la mayoría de los llamados “cuentos de hadas” provienen de la tradición oral y de ningún modo fueron elaborados para un público infantil. Los niños, más bien, se sentaban alrededor de la fogata junto a los adultos y escuchaban los relatos casi como un secreto, los escuchaban espantados y maravillados, noche a noche, uno tras otro, con gran curiosidad, con ese mismo poderoso impulso que movió a la joven esposa de Barba Azul a descubrir qué había en la habitación prohibida. Probablemente estos “hermanos menores” se hayan encontrado con cadáveres y sangre, pero también se encontraron con jóvenes ingeniosos que supieron escapar de la casa de la bruja o con un héroe que fue capaz de enfrentarse a los designios de los dioses para volver a casa.

Finalmente, la literatura infantil que trasciende a través de la historia y tarde o temprano se incorpora al canon, no es aquella que los escritores escriben, que las editoriales publican o la que los padres escogen para sus hijos, sino la que los niños aceptan leer o escuchar y, que por una razón, hacen propia. La razón es evidente: son relatos que responden a sus experiencias, sentimientos y fantasías, y que les ayudan a comprender mejor el mundo que les rodea. Los cuentos son como la fatídica llave encantada, ayudan a abrir puertas psíquicas y a ver la realidad y sus posibilidades a través de la ficción. Y digo “fatídica” en el sentido de que “anuncia lo que vendrá en el futuro”, generalmente anuncia peligros.

Crecer supone enfrentar peligros y dejar, dejar supone morir, en este sentido los cuentos funcionan como “ritos de paso”, los ritos tienen, al igual que los cuentos, un carácter simbólico, los ritos facilitan el tránsito, los ritos finalmente son también ficción. Cuando pienso en ello me gusta volver a los versos de Alejandra Pizarnik: “Tú hiciste de mi vida un cuento para niños/ en donde naufragios y muertes/ son pretextos de ceremonias adorables.”

En la actualidad existen una serie de editoriales especializadas en el ámbito del libro para niños, que viven bajo el terror de la vigilancia que ejercen las instituciones y los medios de comunicación. La publicación de un libro para niños que no se adapte a las exigencias de éstos, supone un desprestigio para la editorial y, por lo general, como dice Michel Tournier, se prefieren fabricar "moldes" —llamados "colecciones", con un director de colección— en los que unos seudoescritores vierten incansablemente un producto pedido y programado de antemano. El público de cada colección es objeto de un retrato-tipo que comprende la edad, el sexo y la condición social. En muchos casos, todo ello se halla rematado por una ideología política o religiosa.

Generalmente, las ediciones para niños obedecen a demandas que excluyen la verdadera creación artística, tanto en lo referente a lo literario como a lo plástico. Escritores, ilustradores y editores prefieren convencerse de que… Barba Azul, no tiene la barba tan azul, antes de perder todas las riquezas y comodidades del castillo.

Dentro del vientre de algún lobo :: Cuéntanos la Caperucita Roja

Por Gabriela Ibáñez



Llega un momento en que dejamos de creer en los cuentos de hadas. Cerramos los libros, abandonamos nuestro hogares, desoímos los sabios consejos y nos internamos en el bosque. Hasta que un buen día perdemos de vista el camino de vuelta a casa.


Era el año 2004, había dejado la universidad y trabajaba en la sección infantil de una librería. Mi objetivo era ahorrar lo suficiente para trasladarme de universidad y estudiar lo que siempre quise: Literatura. Además, una vez a la semana hacía voluntariado en el pabellón de niños del Hospital de Enfermedades Neoplásicas. Hacía lo que mejor sabía: leer cuentos. Antes de empezar la lectura, les mostraba a los niños libros de diferentes formas, tamaños y colores para que escojan. Después de que jugaban unos minutos con ellos, la elección era casi siempre la misma: “Cuéntanos la Caperucita Roja”.


Confieso que desde esa época, no me he podido desligar de este cuento en particular y de aquello que llamamos literatura infantil. Ingresé a la facultad de Literatura Hispánica, estudié todos los cursos de rigor e hice las lecturas requeridas, pero siempre regresaba a mis viejos cuentos. Quizá porque escuchándolos y leyéndolos tantas veces, aprendí a leer la vida y a la literatura misma a través de estas estructuras sencillas pero infalibles.


Existen múltiples versiones acerca del cuento de la niña que fue devorada por un lobo feroz. Las dos versiones más conocidas son la de Charles Perrault (1697) y la que dieron a conocer los hermanos Grimm (1812).


–¡Abuelita, qué dientes más grandes tiene!


–¡Son para comerte!


Y diciendo estas palabras, el malvado Lobo se arrojó sobre Caperucita Roja y se le comió. (Perrault).A diferencia de la versión de Grimm, aquí el cazador nunca aparece para sacar del oscuro vientre del lobo a la abuela y a Caperucita. En otra versión, por ejemplo, cuando el lobo está a punto de devorar a la niña, esta le pide poder ir un momento al baño. El lobo le permite salir atándola a una cuerda pero, a su vez, la muchacha, utilizando su ingenio, ata la cuerda a un árbol y huye. En una versión más moderna, Cuentos en verso para niños perversos (1987) de Roald Dahl, la niña ya no es un ser inocente. Cuando el lobo la amenaza con devorarla, Caperucita saca una pistola y lo mata de un disparo en la cabeza. Posteriormente se hace con la piel del lobo su anhelado abrigo.


Las diferentes versiones de Caperucita Roja que han aparecido a lo largo de la historia, tanto a nivel de edición y reelaboración del texto como por la concepción de las ilustraciones, no sólo nos permiten vislumbrar el concepto de la infancia en las diferentes épocas, sino que nos permite observar cómo ha ido evolucionando la literatura infantil. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de literatura infantil? ¿Existe lo propiamente infantil? Trataremos de respondernos a estas preguntas próximamente.


Por el momento, yo me quedo con la versión de Perrault, la de la muerte que a su vez es vida, el comienzo de una nueva etapa. ¿Vivirá ahora la niña dentro del vientre del lobo? ¿Acaso lo convertirá en su nuevo hogar? ¿Será este el nuevo espacio desde donde será posible la ficción? Quizá, más tarde, Caperuza alcance la sabiduría de los que han vivido dos veces y pueda emprender el camino de vuelta a casa.

 

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