Dentro del vientre de algún lobo :: La fatídica llave de la literatura infantil

Por Gabriela Ibáñez

Al igual que la “Caperucita Roja”, son muchas las versiones que existen sobre “Barba Azul”. Este cuento, perteneciente a la tradición oral europea, fue recopilado y adaptado por Charles Perrault en 1697. Perrault cuenta que Barba Azul, hombre de abundantes riquezas, un día visitó a una vecina suya, una dama distinguida que tenía dos hermosas hijas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabía qué había pasado con esas mujeres. Finalmente, la hermana menor empezó a encontrar que el dueño del castillo ya no tenía la barba tan azul y aceptó casarse con él.

Al poco tiempo Barba Azul partió de viaje y entregó todas las llaves del castillo a su nueva esposa, incluida la llavecita de una pequeña habitación a la que le había prohibido entrar. Casi inmediatamente la esposa sintió una gran curiosidad de ver qué había en la habitación prohibida. Cuando la abrió vio el piso lleno de sangre y los cadáveres de las anteriores esposas de su marido. Aterrorizada, cerró la puerta pero un rastro de sangre se quedó en la llave. Barba Azul regresó de improviso e inmediatamente se dio cuenta de lo que su mujer había hecho. Lleno de ira, amenazó con decapitarla en aquel mismo momento. Mientras Barba Azul, espada en mano, trataba de abrir la puerta, los hermanos irrumpieron en el castillo y lo mataron.

El argumento de esta novela no nos remonta a un cuento de hadas, sino más bien, como menciona Marcela Carranza, a un relato de Edgar Allan Poe o a cualquier relato realista acerca de las andanzas de un asesino en serie. Cabe señalar, que el personaje de Barba Azul está basado en Gilles de Rais, mariscal de Francia y guerrero junto a Juana de Arco, que llevó una vida oculta: la de asesino en serie de niños que torturaba y encerraba en su castillo.

¿Cómo un cuento como “Barba Azul” puede formar parte del canon de lo que hoy llamamos literatura infantil? En primero lugar, recordemos que antes del S. XIX el concepto de niñez como lo entendemos hoy en día no existía. Antiguamente, el niño era percibido como un “adulto pequeño”. Con la modernidad se instalan una serie de cambios ideológicos que ubican al niño como objeto de cuidado y protección, lo que por un lado contribuyó a que se facilitara su desarrollo y obtuviera ciertos derechos, pero por otro ocasionó que se subestimaran algunas de sus capacidades. Desde entonces se empezaron a elaborar y reelaborar una serie de textos y relatos orales dirigidos a la niñez, donde predominaba el contenido educativo y moral (claro está que contamos con grandes excepciones). Pues, el principal objetivo de la literatura para niños era formar a este ser en estado larvatorio para que posteriormente se pueda adaptar a la sociedad, y a las leyes que la rigen, adecuadamente.

Regresando a nuestra pregunta inicial, debemos recordar que la mayoría de los llamados “cuentos de hadas” provienen de la tradición oral y de ningún modo fueron elaborados para un público infantil. Los niños, más bien, se sentaban alrededor de la fogata junto a los adultos y escuchaban los relatos casi como un secreto, los escuchaban espantados y maravillados, noche a noche, uno tras otro, con gran curiosidad, con ese mismo poderoso impulso que movió a la joven esposa de Barba Azul a descubrir qué había en la habitación prohibida. Probablemente estos “hermanos menores” se hayan encontrado con cadáveres y sangre, pero también se encontraron con jóvenes ingeniosos que supieron escapar de la casa de la bruja o con un héroe que fue capaz de enfrentarse a los designios de los dioses para volver a casa.

Finalmente, la literatura infantil que trasciende a través de la historia y tarde o temprano se incorpora al canon, no es aquella que los escritores escriben, que las editoriales publican o la que los padres escogen para sus hijos, sino la que los niños aceptan leer o escuchar y, que por una razón, hacen propia. La razón es evidente: son relatos que responden a sus experiencias, sentimientos y fantasías, y que les ayudan a comprender mejor el mundo que les rodea. Los cuentos son como la fatídica llave encantada, ayudan a abrir puertas psíquicas y a ver la realidad y sus posibilidades a través de la ficción. Y digo “fatídica” en el sentido de que “anuncia lo que vendrá en el futuro”, generalmente anuncia peligros.

Crecer supone enfrentar peligros y dejar, dejar supone morir, en este sentido los cuentos funcionan como “ritos de paso”, los ritos tienen, al igual que los cuentos, un carácter simbólico, los ritos facilitan el tránsito, los ritos finalmente son también ficción. Cuando pienso en ello me gusta volver a los versos de Alejandra Pizarnik: “Tú hiciste de mi vida un cuento para niños/ en donde naufragios y muertes/ son pretextos de ceremonias adorables.”

En la actualidad existen una serie de editoriales especializadas en el ámbito del libro para niños, que viven bajo el terror de la vigilancia que ejercen las instituciones y los medios de comunicación. La publicación de un libro para niños que no se adapte a las exigencias de éstos, supone un desprestigio para la editorial y, por lo general, como dice Michel Tournier, se prefieren fabricar "moldes" —llamados "colecciones", con un director de colección— en los que unos seudoescritores vierten incansablemente un producto pedido y programado de antemano. El público de cada colección es objeto de un retrato-tipo que comprende la edad, el sexo y la condición social. En muchos casos, todo ello se halla rematado por una ideología política o religiosa.

Generalmente, las ediciones para niños obedecen a demandas que excluyen la verdadera creación artística, tanto en lo referente a lo literario como a lo plástico. Escritores, ilustradores y editores prefieren convencerse de que… Barba Azul, no tiene la barba tan azul, antes de perder todas las riquezas y comodidades del castillo.

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